En aquel lugar había una mujer sentada sobre una manta. Justo en aquel mismo lugar. Me tuve que detener, la brisa, entre otras cosas me incintaba a ello. La mujer miraba al suelo y en el instante en el que me detuve alzó su lacrimosa mirada y la clavó en mis ojos. Pasaba gente entre las dos, estaba a más de tres metros de distancia y sus cristalinos ojos atravesaban todo para clavarse en mí. Yo, ella y la mirada. Su mirada eterna.
No sé en qué momento de mi infancia comencé la extraña costumbre de contar las baldosas y memorizar algunas... La baldosa 177 de la calle Baños, allí estaba sentada. Ni en la 178 ni en la 176... En aquel lugar, en la baldosa 177.
No me acerqué, me sentía invadida... Alguien que no sabía lo que aquello significaba se había introducido en mi recuerdo, en el recuerdo que cabe en el espacio de una baldosa... El espacio de un beso... ¿Te acuerdas? En aquel lugar nos besamos por última vez...
No llevaba dinero... Le di la baldosa y continué mi camino.
miércoles, 7 de noviembre de 2007
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